And the starfish

19 de enero de 2008, 16:17

... screamed "I just compeletely love you!
And there's no rhyme or reason
I'm changing like the seasons
Watch! I'll even cut off my finger
It will grow back like a Starfish...

[... gritó "¡Te quiero absolutamente!
Sin ton ni son,
estoy cambiando como las estaciones.
¡Mira! Incluso voy a cortar mi dedo,
crecerá de nuevo como una estrella de mar... ]

(Cripple and the Starfish, Antony and the Johnsons)

Ahora que estás ahí, quiero contarte un cuento. Respira despacio, así, como tú siempre. Me gusta que la sábana apenas deje verte. Moviéndote así, me gustas, como entre sueños. Respirando despacio, oliendo a niña. Con el cabello, largo, sobre la almohada. Con la mano, descuidada, en mi pierna. Bostezando despacio, moviendo un hombro. Apartando la sábana, dando la vuelta. Respirando así, como tú siempre.
Mientras sigas ahí, voy a contarte un cuento.

Era una vez, hace siglos. Era un inventor muy hábil. Construía los ingenios con que reyes y héroes griegos descubrían el modo de vencer los obstáculos de los dioses y de la Tierra. Se llamaba Dédalo. Una vez construyó un laberinto para encerrar al monstruo bastardo de un monarca. Los azares y la suerte lo llevaron a acabar encerrado en él, él mismo. Con su hijo.
A su hijo lo llamaban Ícaro. Era joven y osado. No medía su fuerza con la de los dioses.
Ocurrió que el padre supo cómo salir del encierro. Fabricó unas alas, claro. Ya sabes que era inventor. Con cera y plumas, ¿imaginas? Unas alas de juguete. Y volaron, pequeña. Alto. Pero el padre advirtió al hijo de no subir demasiado. Allí arriba estaba el sol. Y la cera, se deshace. La leyenda dice que Ícaro fue imprudente y se acercó. Que con la emoción del vuelo, no reparó en el peligro, y se acercó. Las alas se deshicieron y el muchacho cayó al mar, murió en el mar.
Pero yo no creo, pequeña, que fuera imprudencia u olvido. Yo creo que fue decisión. ¿Habría seguido la vida pensando en que una vez pudo acercarse al sol? Ícaro supo, pequeña, que lo prohibido es el riesgo. Y se acercó. Murió, claro. Pero lo que vio, lo que supo, no hay otro hombre que pueda entenderlo.

Pero no sé si me sigues. Pero debes comprenderlo. Despierta entonces, pequeña. Debes levantarte ahora. Tienes que entender, porque los dioses castigan siempre a quien se acerca demasiado al sol y demasiado al fuego. Pero es decidir, pequeña. Yo me decidí por tu cuerpo. Tú te acercas a lo prohibido en cada paso. A la belleza de los dioses. Y ahí está tu ofensa y tu castigo. La vida y el destierro.

¿Despiertas pues? De acuerdo. Levántate entonces, ven frente al espejo. Estás linda. Pero mira de frente. Así bien. Coge aquí. Sí, no temas. Debes aprender a hacerlo. Si no, lo haré yo. De acuerdo. Yo lo haré. Pero debes encenderla. Así me gusta, está bien. Dura poquito. La llama se extingue siempre, ves. Pero mientras dura, debes aprender a hacerlo. Yo la cojo, mira bien, debes aprender a hacerlo. Primero el cuello, ¿lo ves? Pasarla lenta. No bajes los ojos. Mira. Pasa así, lenta. No quema. Pásalo sólo hasta el punto en que empieza a doler. Luego, sigue avanzando con ella. Te aparto el pelo. No quema. Es sólo el roce que nos recuerda que existe, ¿ves? Nunca quema. Luego despacio, los labios. No la acerques más, se apaga. ¿Ves lo que hago? Así, lo mismo. Eso deberás hacerlo. Ya se me queman los dedos. Duran poco. Coge otra. La acerco a tu hombro, ves. No, no te apartes. Aguanta. ¿No ves que apenas la acerco? Aprende bien. Dibújate entera. Los hombros, brazos, los dedos. Cada uno. La palma. La muñeca. Sube de nuevo. Los pechos. Aparta el pelo. La espalda. Dibujo bien las caderas.
Pero no apartes los ojos. Tienes que aprender a hacerlo.

Piensa en Ícaro, pequeña. Él también creyó primero que era posible desafiar dioses y hallar tregua. Pero nunca es así, linda. Siempre hay castigo. Los dioses marcan con fuego elegidos en la Tierra. Les regalan una vida que los mortales no sueñan. Les regalan valor, guerras, expediciones, ideas. Les dejan volar, les dejan soñar, encontrar las verdades que otros no tiene. Les dejan amar, ver el reverso de la vida, acariciar el dorso de la muerte, ver las costas de las islas de las fieras. Les dan la vida de dioses, los honores de lo eterno. Pero les marcan la frente, ya lo sabes, con estigmas. Aunque no todos los vean, ellos lo saben. Los tiemblan. Llevan la marca en la frente. Viven, pero en el castigo está la ofensa.

Levanta los ojos. Mírate. Has crecido. Mira el cuello blanco, largo; los labios de espuma. Mira los hombros colinas, los brazos remos, las piernas. Mira, ¿ves?, el modo en que ya encajan mis manos en tus caderas. Eres en exceso linda, niña. Has perdido la ocasión de ser corriente. Te acercaste demasiado a la belleza.


Me preguntabas, ¿recuerdas?, por qué una cama tan grande. Yo soy pequeña, decías, no necesito una grande. La mía de casa es pequeña, y aquí, decías, ¿por qué debe sobrar tanto? Llorabas, entonces. No entendías. Ya cabes, linda, ¿ves? Ya no hay apenas hueco. Túmbate y mira.

¿Te duermes? No es el momento. Debes irte. Vístete, anda. ¿Te duele? Ya pasará. Llegó el tiempo. Hoy me despido, pequeña. ¿Has aprendido? Encenderla. Luego el cuello, luego el labio, luego el hombro en cada lado. Frente a un espejo, pequeña. Deben verte bien los ojos. Verte el cuello, verte el labio. Una mano en sus caderas. Hazlo tú, vete despacio. No los quemes, sólo acerca. Por el cuello, por los hombros. Los ojos, en el espejo. Cruzándose con los suyos. Me has entendido, ¿pequeña?

Habrá muchos, no lo dudes. Llevas marcas de Caína. Se te acercarán, seguro, los hombres Ícaro. Siempre saben reconocer la mirada de los elegidos de los dioses. Su castigo, ya lo tienes. Ellos lo buscan, no temas. No puede quedarse inmune quien se acerca a lo prohibido, y bien lo saben. Ellos querrán tocar tu vientre, besar tus ojos. Y el dolor de tu piel pasará cuando pase a la de ellos. Tienes vida de los dioses. Lo sabrán, y querrán verlo. Y lo harán, debes dejarles. Para eso estás en la Tierra. Pero clávales las uñas, hazles surcos en la espalda, muérdeles las venas. Si se te acercan, la enciendes. La paseas, aunque les duela, recorriendo los contornos del cuerpo que te desea. Y luego la apagas. Duermes. Les dejas verte. Despiertas. Vuelves a arrancarles vida. Vas a hacerlo bien, pequeña. Y no llores. Es la suerte. La fortuna, con su rueda. Puedes irte. El mundo te espera, fuera. Vivirás como los dioses. Con lo prohibido y su vuelta.


Yo te he grabado, pequeña, con fuego en la piel la maldición de tu belleza. 

Laura Casielles Hernández

pertenece a: relatos