Las aguas silenciosas, Francisco Álvarez Velasco
22 de enero de 2008, 15:55
Los lectores de Francisco Álvarez Velasco encontramos en su anterior libro Noche (Hiperión, 2005; Premio Antonio Machado en Baeza), una suerte de canción crepuscular volcada sobre la naturaleza, el cuerpo del otro, las vivencias o la amenaza de la muerte. Con el listón en un libro de madurez tan cerrado, Las aguas silenciosas (Trea, 2007) viene a dar un paso más, organizando un todo de dolor reposado donde lo que antes eran elementos característicos (la casa, la mujer, la naturaleza) se subordinan a un ejercicio de recuerdo hecho desde una posición en la que las palabras vida o muerte podrían perfectamente cambiarse por memoria y meta.
La metáfora elegida para titular el conjunto de poemas es la del río: lo que su curso se lleva, lo que se queda en sus orillas, lo que no puede permanecer y es arrastrado por la corriente. Sucede que de todos los ritmos que puede tener el agua, es ese conducirse en silencio el que arrastrará irremediablemente a la muerte. Y una vez consciente de que el tenue murmullo se convierte en una banda sonora involuntaria, en un hilo musical de fondo que no va a ya a abandonarle, el sujeto poético vuelve sobre su experiencia y aún canta (porque una cosa es asumir, pero otra resignarse) a todas aquellas cosas que hacen disminuir el sonido del agua: los amigos, los poetas, la mujer querida, los buenos recuerdos, la nieta.
Por preámbulo, unos versos de Vallejo y en el fondo algunos nombres de otros navegantes con parecido mirar, desde Manrique a Machado. Cuenta el autor que este libro ha sido escrito en los últimos dos años, simultáneo a Noche, y es difícil no imaginarse al poeta apartando los poemas que eran más guijarros en el limo de la última estación de paso, de aquellos en los que la naturaleza era aún gozosa aunque se mirase bajo la luz del atardecer y estaba preñada de primavera.
Leer la tierra es un privilegio reservado a un puñado de autores conscientes de la textura exacta del suelo que pisan, aunque esté camuflado por asfaltos y urbanidad. Francisco Álvarez Velasco se cuenta entre ellos y merece la pena un libro que no consigue ser oscuro, porque la mirada es de sosiego y en toda la crudeza del trayecto terminal que plantea, consigue dejarnos una pequeña llama de calor en cada poema. Tal vez porque la memoria es nuestro único patrimonio, para bien y para mal.
Alba González Sanz
pertenece a: reseñas
And the starfish
19 de enero de 2008, 16:17
... screamed "I just compeletely love you!
And there's no rhyme or reason
I'm changing like the seasons
Watch! I'll even cut off my finger
It will grow back like a Starfish...
[... gritó "¡Te quiero absolutamente!
Sin ton ni son,
estoy cambiando como las estaciones.
¡Mira! Incluso voy a cortar mi dedo,
crecerá de nuevo como una estrella de mar... ]
(Cripple and the Starfish, Antony and the Johnsons)
Ahora que estás ahí, quiero contarte un cuento. Respira despacio, así, como tú siempre. Me gusta que la sábana apenas deje verte. Moviéndote así, me gustas, como entre sueños. Respirando despacio, oliendo a niña. Con el cabello, largo, sobre la almohada. Con la mano, descuidada, en mi pierna. Bostezando despacio, moviendo un hombro. Apartando la sábana, dando la vuelta. Respirando así, como tú siempre.
Mientras sigas ahí, voy a contarte un cuento.
Era una vez, hace siglos. Era un inventor muy hábil. Construía los ingenios con que reyes y héroes griegos descubrían el modo de vencer los obstáculos de los dioses y de la Tierra. Se llamaba Dédalo. Una vez construyó un laberinto para encerrar al monstruo bastardo de un monarca. Los azares y la suerte lo llevaron a acabar encerrado en él, él mismo. Con su hijo.
A su hijo lo llamaban Ícaro. Era joven y osado. No medía su fuerza con la de los dioses.
Ocurrió que el padre supo cómo salir del encierro. Fabricó unas alas, claro. Ya sabes que era inventor. Con cera y plumas, ¿imaginas? Unas alas de juguete. Y volaron, pequeña. Alto. Pero el padre advirtió al hijo de no subir demasiado. Allí arriba estaba el sol. Y la cera, se deshace. La leyenda dice que Ícaro fue imprudente y se acercó. Que con la emoción del vuelo, no reparó en el peligro, y se acercó. Las alas se deshicieron y el muchacho cayó al mar, murió en el mar.
Pero yo no creo, pequeña, que fuera imprudencia u olvido. Yo creo que fue decisión. ¿Habría seguido la vida pensando en que una vez pudo acercarse al sol? Ícaro supo, pequeña, que lo prohibido es el riesgo. Y se acercó. Murió, claro. Pero lo que vio, lo que supo, no hay otro hombre que pueda entenderlo.
Pero no sé si me sigues. Pero debes comprenderlo. Despierta entonces, pequeña. Debes levantarte ahora. Tienes que entender, porque los dioses castigan siempre a quien se acerca demasiado al sol y demasiado al fuego. Pero es decidir, pequeña. Yo me decidí por tu cuerpo. Tú te acercas a lo prohibido en cada paso. A la belleza de los dioses. Y ahí está tu ofensa y tu castigo. La vida y el destierro.
¿Despiertas pues? De acuerdo. Levántate entonces, ven frente al espejo. Estás linda. Pero mira de frente. Así bien. Coge aquí. Sí, no temas. Debes aprender a hacerlo. Si no, lo haré yo. De acuerdo. Yo lo haré. Pero debes encenderla. Así me gusta, está bien. Dura poquito. La llama se extingue siempre, ves. Pero mientras dura, debes aprender a hacerlo. Yo la cojo, mira bien, debes aprender a hacerlo. Primero el cuello, ¿lo ves? Pasarla lenta. No bajes los ojos. Mira. Pasa así, lenta. No quema. Pásalo sólo hasta el punto en que empieza a doler. Luego, sigue avanzando con ella. Te aparto el pelo. No quema. Es sólo el roce que nos recuerda que existe, ¿ves? Nunca quema. Luego despacio, los labios. No la acerques más, se apaga. ¿Ves lo que hago? Así, lo mismo. Eso deberás hacerlo. Ya se me queman los dedos. Duran poco. Coge otra. La acerco a tu hombro, ves. No, no te apartes. Aguanta. ¿No ves que apenas la acerco? Aprende bien. Dibújate entera. Los hombros, brazos, los dedos. Cada uno. La palma. La muñeca. Sube de nuevo. Los pechos. Aparta el pelo. La espalda. Dibujo bien las caderas.
Pero no apartes los ojos. Tienes que aprender a hacerlo.
Piensa en Ícaro, pequeña. Él también creyó primero que era posible desafiar dioses y hallar tregua. Pero nunca es así, linda. Siempre hay castigo. Los dioses marcan con fuego elegidos en la Tierra. Les regalan una vida que los mortales no sueñan. Les regalan valor, guerras, expediciones, ideas. Les dejan volar, les dejan soñar, encontrar las verdades que otros no tiene. Les dejan amar, ver el reverso de la vida, acariciar el dorso de la muerte, ver las costas de las islas de las fieras. Les dan la vida de dioses, los honores de lo eterno. Pero les marcan la frente, ya lo sabes, con estigmas. Aunque no todos los vean, ellos lo saben. Los tiemblan. Llevan la marca en la frente. Viven, pero en el castigo está la ofensa.
Levanta los ojos. Mírate. Has crecido. Mira el cuello blanco, largo; los labios de espuma. Mira los hombros colinas, los brazos remos, las piernas. Mira, ¿ves?, el modo en que ya encajan mis manos en tus caderas. Eres en exceso linda, niña. Has perdido la ocasión de ser corriente. Te acercaste demasiado a la belleza.
Me preguntabas, ¿recuerdas?, por qué una cama tan grande. Yo soy pequeña, decías, no necesito una grande. La mía de casa es pequeña, y aquí, decías, ¿por qué debe sobrar tanto? Llorabas, entonces. No entendías. Ya cabes, linda, ¿ves? Ya no hay apenas hueco. Túmbate y mira.
¿Te duermes? No es el momento. Debes irte. Vístete, anda. ¿Te duele? Ya pasará. Llegó el tiempo. Hoy me despido, pequeña. ¿Has aprendido? Encenderla. Luego el cuello, luego el labio, luego el hombro en cada lado. Frente a un espejo, pequeña. Deben verte bien los ojos. Verte el cuello, verte el labio. Una mano en sus caderas. Hazlo tú, vete despacio. No los quemes, sólo acerca. Por el cuello, por los hombros. Los ojos, en el espejo. Cruzándose con los suyos. Me has entendido, ¿pequeña?
Habrá muchos, no lo dudes. Llevas marcas de Caína. Se te acercarán, seguro, los hombres Ícaro. Siempre saben reconocer la mirada de los elegidos de los dioses. Su castigo, ya lo tienes. Ellos lo buscan, no temas. No puede quedarse inmune quien se acerca a lo prohibido, y bien lo saben. Ellos querrán tocar tu vientre, besar tus ojos. Y el dolor de tu piel pasará cuando pase a la de ellos. Tienes vida de los dioses. Lo sabrán, y querrán verlo. Y lo harán, debes dejarles. Para eso estás en la Tierra. Pero clávales las uñas, hazles surcos en la espalda, muérdeles las venas. Si se te acercan, la enciendes. La paseas, aunque les duela, recorriendo los contornos del cuerpo que te desea. Y luego la apagas. Duermes. Les dejas verte. Despiertas. Vuelves a arrancarles vida. Vas a hacerlo bien, pequeña. Y no llores. Es la suerte. La fortuna, con su rueda. Puedes irte. El mundo te espera, fuera. Vivirás como los dioses. Con lo prohibido y su vuelta.
Yo te he grabado, pequeña, con fuego en la piel la maldición de tu belleza.
Laura Casielles Hernández
pertenece a: relatos
Escritura como metáfora de vida: entrevista a Ricardo Menéndez Salmón
19 de enero de 2008, 13:24
Uno de los escritores más reconocidos de esta región da el salto a la edición nacional con La ofensa, publicada por Seix Barral. Pero para saber que Menéndez Salmón es un autor con una voz y una fuerza excepcionales no hacen falta ni el recuento por su obra pasada ni el elogio desmedido de la presente; en tal caso son síntomas de una de las escrituras más dignas y sólidas de una narrativa actual que adolece, en muchos casos, de ambas características: algo que contar y elegancia para saber hacerlo.
P.- Segunda edición de La ofensa, traducciones al francés en editoriales históricas, el elogio de la crítica... ¿Cómo encaja un escritor de palabras medidas hasta el extremo tanta efusividad?
R.- Padeciendo un dulce vértigo. Siempre he cultivado cierta escuela de la timidez, que no se compadece ni de un ruido excesivo ni de una excesiva visibilidad, así que la resonancia de todo este asunto me tiene un tanto trastornado. Lo que no significa, obviamente, que no me halague. No hay que confundir soberbia con orgullo.

P.- El horror de la guerra hace perder a Kurt la sensibilidad, lo separa de su cuerpo. Otro personaje lo llama «La Metáfora»; ¿de qué es metáfora La ofensa?
R.- Me atrevo a sugerir que La ofensa es metáfora de un siglo trágico, el veinte, en el que cierto adormecimiento moral se convirtió en premisa imprescindible para tolerar la disciplina del horror. La abdicación de Kurt es uno de los rostros que permiten que, entre tanto odio y locura, podamos seguir reproduciéndonos como especie o cultivando los jardines de Cándido. Conviene no olvidar cuál fue la actitud de Europa y de la Unión Soviética durante algún tiempo ante la política de Hitler. O la de las democracias occidentales tras la liquidación de la Segunda República en España.
P-. Horror, muerte, aniquilación de la vida en todos sus matices: eso aparece en las guerras, es el trasfondo de la novela. Pero queda un asidero, la dignidad. ¿Dignidad y escritura son herramientas de vida?
R-. La dignidad se supone universal; la escritura se me antoja excepcional. El hombre, sin la primera, no me interesa; la vida, sin la segunda, me resulta a veces intolerable. Digamos que, hablando en primera persona, trabajo por conquistar parte de mi cuota de dignidad a través de la escritura. O dicho de otra manera: considero que escribir puede ser una forma de dignificarse, como sujeto actuante y pensante.
P-. Están las referencias, enlazando con la pregunta anterior: ¿la lógica del superviviente, sumándole dignidad, nos presenta a Kurt como un «hombre absurdo» a la manera Camus?
R-. Camus opinaba que el primer eslabón de la absurdidad es aquél en que la cadena de los gestos cotidianos se rompe, aquél en que nuestro corazón, por emplear la imagen de la víscera que para Occidente contiene las emociones, es incapaz de recomponer el paisaje. Claro que a Kurt, en el devenir de La ofensa, no le asalta la tentación del hombre absurdo: el suicidio. Creo que, hasta cierto punto, su inocencia, nunca del todo perdida, le preserva de, por expresarme en términos de Améry, «levantar la mano contra uno mismo».
P-. Han hablado de Conrad, de Kafka, de Dostoievski, del propio autor francés, para referirse a usted. ¿Pesan o acompañan?
R-. El genio nunca pesa, siempre y cuando uno no intente compararse con él. Es más, leer a esos autores constituye una escuela de humildad decisiva en la formación de un escritor. La ambición de Dostoievski, la atmósfera de Conrad, la inteligencia de Kafka o la ósmosis que Camus logra entre belleza y verdad son privilegios irrenunciables. El riesgo, no obstante, está ahí. Cuando uno accede a esos magos, la infección es siempre una promesa. Porque hay libros que todo lo contaminan. Y una voz impostada, en literatura, cotiza poco. Lo digo por experiencia.
P-. Su obra en general y La ofensa en particular conjugan una historia, una narración, con una precisión en el lenguaje y una construcción del edificio de su novela exacto en cada detalle. ¿Su importancia es la misma o se retroalimentan?
R-. Cuando trabajo en un texto jamás concibo su sustancia narrativa por un lado y su envoltorio por otro. Separar forma de contenido es algo que no acabo de comprender del todo. Aunque pueda parecer lo contrario, qué y cómo respiran en mi escritura de un modo bastante intuitivo, nunca me detengo demasiado a considerar cuestiones arquitectónicas. Cosa distinta es el lenguaje. Reconozco que la búsqueda de la palabra justa puede llegar a obsesionarme, aunque, sobre todo en mis últimos libros, nunca al precio de traicionar una idea. Mi escritura se ha depurado mucho en ese sentido. Hubo un tiempo en que pude sacrificar la claridad de una idea a la belleza de una imagen; ese periodo, afortunadamente, ha pasado.
P-. De formación filósofo, emplea como herramienta de expresión ante la vida y sus desórdenes, la literatura. ¿Por qué la ficción?
R-. El fracaso de los grandes sistemas filosóficos generó una gran decepción entre los pensadores. De pronto, tras la aventura hegeliana, el mundo se tornaba viscoso. La vida se dejaba tematizar, cierto, pero no se dejaba atrapar. La imagen del río de Heráclito resurgía con fuerza. El siglo diecinueve convirtió el pensamiento en un arma para transformar el mundo (yo, al menos, sigo en esto declarándome marxista) y con Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche, descubrimos que la filosofía podía ser una parte de la literatura, acaso la más bella. Hoy, sinceramente, creo que el pensamiento ha desistido de aprehender el mundo, pero que ha encontrado refugio en el arte. No sólo en la literatura, por supuesto. Yo diría que Francis Bacon, Andrei Tarkovski o Don DeLillo son los grandes filósofos de nuestro tiempo, porque han urdido mecanismos de ficción que no sólo interpretan la realidad, sino que la reinventan.
P.- El mundo está regido por la casualidad, dice el narrador de su novela. Llamamos destino a lo que nos aplasta, citando a Camus de nuevo. La casualidad, en cualquier caso, es un guionista bien irónico...
R-. Sin duda. Basta observar con cierta paciencia y escepticismo la vida, para darse cuenta del papel tan intenso que la casualidad juega en lo que concebimos y en lo que logramos. Cuando en mi adolescencia leí la Ética de Spinoza y descubrí que las causas finales eran un camelo, me convertí a la religión del azar.
P-. Y curioso también es el narrador de esta novela. La voz que nos cuenta a Kurt se pregunta en voz alta, responde o nos hace responder. ¿Sus novelas exigen esta presencia fuerte, reflexiva, del narrador para conducir la historia?
R-. El narrador en primera persona siempre me ha inspirado cierta desconfianza. Incluso aquellos ocasionales narradores en primera persona que he empleado, tienen un no sé qué de pequeños dioses que conocen la entraña del tiempo. En la distancia media del relato o más larga de la novela, y sin querer entrar en disquisiciones acerca de los géneros, me encuentro infinitamente más cómodo con un narrador que va y viene, deshace a su antojo, interroga, se esconde y reaparece, viaja de un siglo a otro y muestra el ojo ubicuo de la divinidad.
Alba González Sanz
pertenece a: entrevistas